Columna de opinión del día

Columna de opinión del día

Martes, Julio 10, 2018

 

Innovación en Cajas de Compensación

Autor: Juan Camilo Quintero

La innovación, de manera tradicional, se asocia a empresas de tecnología sofisticada. Es común también en el imaginario asociarla a grandes inversiones en nuevos desarrollos que se llevan a cabo en laboratorios de avanzada, en los cuales, con estrategias de punta, se desarrollan patentes que a su vez preceden nuevos productos, servicios y procesos que el mercado adopta o no.

Sin embargo, el espectro es amplio, y cada vez gana terreno un tipo de innovación en la que todos podemos ser protagonistas. En efecto, las innovaciones sociales juegan un papel preponderante para generar mayor bienestar, equidad y desarrollo. Son frecuentes los casos de emprendedores que utilizan sus conocimientos para cerrar las brechas de desigualdad que padecemos. Temas como mercados justos, micro y nano finanzas para sectores no bancarizados, generación de energía para sitios no interconectados, estrategias y productos para que los pequeños agricultores produzcan alimentos orgánicos, etc., son ejemplos del impacto que se puede alcanzar por este camino.

Ahora bien, según el DANE, Antioquia cuenta con 21,3 % de pobres, es decir, personas que ganan al mes no más de $257.104; y 5,5 % de pobres extremos que solo alcanzan ingresos de $116.478 por mes. Cifras que a pesar que han ido descendiendo, son alarmantes, y que deben preocupar. No sería entonces descabellado que Antioquia intensificara esfuerzos para llevar la innovación social a las subregiones y a los municipios. Gracias a metodologías, ya probadas, de innovación social, se podría desatar todo el “ingenio paisa” y contribuir al desarrollo de los más necesitados.

En este sentido, creo que sobre las cajas de compensación recae parte de la responsabilidad enorme de liderar la innovación social, pues cuentan con programas específicos que desde el Fosfec se pueden direccionar a las subregiones que impactan directamente a los más necesitados. Sin embargo, creo que a esta vocación le falta mucha fuerza, pues las que existen (Comfama, Comfenalco y Comfamiliar Camacol) no trabajan coordinadas, y creería que ante tamaña oportunidad no pueden seguir viéndose como competidores, puesto que su verdadera competencia son la pobreza y la pobreza extrema.

Por estas razones, llegó el momento de proponer un gran pacto entre las cajas de compensación, para que puedan desarrollar programas más potentes de innovación social que empoderen a las gentes de los territorios y los insten a ser más autónomos, más conscientes y dueños de su futuro.

En un departamento de tantas necesidades y con un sistema de compensación tan bien estructurado: ¿será posible plantear un plan de mediano plazo para que con la Gobernación, Alcaldía y las diferentes fundaciones antioqueñas y algunas internacionales nos propongamos erradicar la pobreza? Todo, con unas cajas concentradas por regiones, desatando su esfuerzo institucional y no como hoy lo hacen tratando cada una de llegar a los 125 municipios. Además, ¿Será posible un sistema de compensación unido pensando en cómo consolidar la clase media como lo plantea Comfama, con familias más felices como lo plantea Comfenalco, y con Desarrollo Social como enfatiza Comfamiliar Camacol?

Yo creería que sí. Las cajas de compensación tienen hoy la posibilidad histórica de ayudar a los coterráneos y de impulsar unidas el desarrollo. Sería una gran innovación social pensar que nuestras cajas de compensación no son competidoras si no que se unen para derrotar la pobreza. Recordemos que en modelos de negocio también se puede innovar, y pensar conjuntamente de esta manera para lograr mayor impacto sería novedoso. Lo dejo para la reflexión.

Columna de opinión tomada de: El Colombiano

 

 

 

Déficit de empatía

Autor: Moises Wasserman

 

Hace algunos días, El Espectador publicó el video de un experimento social interesante. Un grupo de niñas y niños encantadores, algunos colombianos y otros venezolanos, fueron invitados a jugar al teléfono roto. El primero de la cadena recibía las frases que debía pasar al oído del siguiente. Las primeras eran trabalenguas; los niños se divertían y reían mucho. Después empezaron a llegar mensajes xenófobos y ofensivos hacia los venezolanos. La cara de los niños pasó del desconcierto a la vergüenza y finalmente, a la indignación. Se negaron a seguir con el juego.

Hace como un año vi en la revista Scientific American un experimento similar. Una periodista deportiva había sido insultada con mensajes misóginos groseros por los hinchas de un equipo. Pusieron a otros hinchas del mismo equipo a leerlos en voz alta frente a la periodista. Después de unos momentos de incomodidad se negaron. La recomendación para los usuarios de las redes fue que no se debe escribir algo que uno no es capaz de decir de frente. Lo que muestran los dos experimentos es que existe, en la mayoría de las personas, un sentimiento innato de empatía por los otros.

Adam Smith lo describió en su libro 'La teoría de los sentimientos morales' como el fellow-feeling, sentimiento de fraternidad, y planteaba que era el sustento biológico de la moral. Barack Obama, en un discurso a los graduados de la Universidad de Northwestern en Chicago (antes de ser presidente), dijo: “Se habla mucho de déficit fiscal, pero a mí me preocupa más el déficit de empatía”. Esa afirmación se volvió un lema; la repitió después en más de sesenta discursos.

La empatía es un asunto muy serio que, además de ser objeto de reflexión filosófica, se ha convertido en los últimos años en objeto de investigación para la psicología y la neurociencia. Parece ser un sentimiento complejo con al menos tres componentes principales. El primero y más básico es la empatía emocional con la que uno es capaz de compartir los sentimientos de otro. Existe en muchas especies animales con vida grupal y cuidado parental. El segundo es la empatía cognitiva (o teoría de la mente), con la que el individuo es capaz de entender lo que el otro está sintiendo en determinadas circunstancias. Los autistas carecen de este componente en alguna medida; los psicópatas entienden al otro, pero no les importa. El tercero es la compasión o empatía motivacional, que, además de comprender al otro, mueve a hacer algo para disminuir su sufrimiento.

No es suficiente con la empatía emocional. Los humanos en forma natural sentimos mayor solidaridad con el sufrimiento de personas cercanas, y eso puede generar actitudes de hostilidad hacia miembros de otro grupo. En esta época de fútbol podemos verlo claramente. Millones de fanáticos en el mundo quieren el triunfo de su equipo sobre los otros, y algunos estarían dispuestos a romper cabezas por eso. Parecen parafrasear a la madre de un nefasto personaje colombiano: “Gana jugando bien, pero si no puedes jugar bien, gana”.

Un estudio reciente calificó a 216 personas en su escala de preocupación empática por los otros, su sensibilidad a cuestiones morales y su sentido de justicia. Después se examinaron las acciones que tomaban ante diversos escenarios hipotéticos que se les presentaban. La conclusión fue que las personas con mayor empatía cognitiva tenían más sentido de justicia que aquellas con mayor empatía emocional.

Esos y otros estudios señalan que para lograr cambios de comportamientos que rechacen la xenofobia y la discriminación son necesarios todos los componentes de la empatía. La buena noticia, dicen los neurocientíficos, es que es posible educar en eso. La mala, que el déficit del que se quejaba Obama es muy grande.

 

Columna de opinión tomada de: El Tiempo